Monday, August 06, 2018

almenas y acantilados

pasajes de los 21 días y los Altos Hornos de Oaxaca


...Existen luces en las almenas de media noche,
 los templos del Dorado y de tus ojos, y esa grana cochinilla, de la sangre que derramas, tu, Tlacuilo aplicando el nopal sellador del amor a Dios; y existe una bóveda que le arrulla, ya vive en sus sueños, en cual  trabaja día y noche, ahora se ha quedado por horas agazapado al andamiaje en contemplación inmóvil, incapaz de mover un solo dedo con el cuerpo lleno en ratos de rigidez absoluta y trémulo por segundos, siente la soledad de madrugada o al anochecer cuando la jornada diaria en el monasterio han terminado, se queda allí solo, con el correr del sudor por todo su ser, sin dios y sin diablo, solo con el pincel de sus huesos que se quiebran, por dar el trazo completo a la palabra de sus espíritus....

Existen noches de las lunas entintadas de la panza púrpura, que reinan los basamentos de las escalinatas submarinas en acantilados coronados por indescifrable calor en espuma salada, sueña que así es el pincel de la noche que elige su canto de color, sueña.

 Y a donde han de llegar noches frías del Altépetl que pasarán por Oculinán, Tlecuilco. 

Los hombres de luz no se han ido, pues el que cuida el fuego cada noche quedará por hora cubierto al calor de esa libertad que le ablanda sus espasmos y le hace leve esa esa fiebre con los pies encostrados, algunos huesos luxados y las rodillas desgastadas, pero por el sueño de regresar con sus queridos, sueña sueña y sueña cada noche cubierto por la piel nocturna del venado, allí se encuentra en ese su mundo lejos, muy lejos, donde las olas resuenan al quiebre, regresar a sus dioses, que de vez en cuando al despertar y al salir a la superficie los mira en los ojos de su amada, y de sus hermanos.

 Sabe que el tributo servirá de trazo completo al llegar de regreso con los suyos.

1 comment:

Anonymous said...

### Almenas de medianoche

Arden luces en las almenas a medianoche; los templos dorados de tus ojos vigilan mientras tú, Tlacuilo, presionas el nopal como sello —la grana cochinilla brotando en tus palmas. Una bóveda te mece en sueños donde trabajas día y noche; ahora, inmóvil en el andamiaje, eres estatua de aliento y hueso, dedos clavados en un trazo inconcluso. El sudor traza las horas por tu piel; no hay dios ni diablo aquí, solo el quebradizo pincel de tus costillas intentando cerrar la palabra que comenzaron tus espíritus. Las lunas tiñen sus vientres de púrpura sobre escalinatas sumergidas; acantilados coronados de espuma salada zumban como un color elegido, y el pincel de la noche canta su tono. Vendrán noches frías del Altépetl, pasando por Oculinán y Tlecuilco; los hombres de luz no se han ido. El que cuida el fuego se envuelve en ese calor que ablanda sus espasmos y aligera la fiebre, pies encostrados, articulaciones gastadas, soñando el regreso. Envuelto en la piel nocturna del venado, sueña y sueña, escucha el quiebre de las olas, sabiendo que el tributo que lleva cerrará la línea cuando vuelva a casa.